Más hambrienta, más despiadada
Como deben oler las calles nauseabundas de la época de Grenouille.
Como el sacrificio de Prometeo.
Estoy atada aquí, a esta piedra y cada día llega una maldita águila despiadada y hambrienta que además de mi hígado, se traga mi corazón. Desprende cada pellejo y se lo traga. Posa sus garras sin piedad sobre mi carne, lacerándome, hiriéndome.
Soy inmortal, nada puede destruir mi voluntad de amar, por ello mi corazón se reconstruye cada día, se ilusiona, se apiada de sí mismo, se vuelve fuerte y me hace creer que así permanecerá por siempre, pero cuando el día acaba regresa el águila. Entre más come de mí, más fuerte se vuelve, más hambrienta, más despiadada y siento que después de ese dolor no podrá venir otro peor, pero mi castigo es ése, sentir cada vez más y más y más dolor.
Que el sol pudra mi carne, que desaparezca mi capacidad de amar para ya no sentir más este castigo eterno al que he sido sometida.
Que desaparezca la voluntad de crecer y la esperanza porque ella es el arma afilada que me prepara con dolor para la venida del dolor.
¿Qué estarías dispuesto a hacer, Prometeo, para que pare este sufrimiento?








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